Córdoba, 2 de abril de 2026
Homilía Ángel Rossi SJ – Misa Crismal, Jueves Santo
En estos días he encontrado una expresión que me ha gustado mucho referida a una Iglesia que escucha, que tiene oído de discípulo, una Iglesia que encarna —y esta es la expresión— una mística de los dos oídos.
Que implica en palabras del beato Enrique Angelelli, a quien hoy quiero evocar especialmente: ejercer nuestro ministerio “con un oído en el Evangelio y el otro en el pueblo”.
Tener un oído en el Evangelio… para que no olvidemos nunca que el fundamento de nuestra vida, sin lo cual todo lo demás pierde sentido es la relación personal con el Señor en la escucha de su Palabra, en la oración, en esa rumiada sabrosa de alguna página del Evangelio y de lo que llamaba lindamente Santa Teresa: secretos de sagrario. Tener un oído en el Evangelio es dejarnos consolar con el Señor que al invitarnos a recordar agradecidos su unción y al renovar nuestras promesas sacerdotales, nos vuelve a decir vos sos mi hijo muy amado, nos vuelve a decir sígueme, nos vuelve a enviar, y nosotros le volvemos a decir en fragilidad, aquí estoy.
Tener un oído en el Evangelio no es atarnos escrupulosamente a un código ético ni repasar un manual de buenas costumbres. No es oír un relato del pasado. Es preguntar hoy: “Señor, ¿qué nos estás diciendo en este tiempo, en esta crisis, en esta locura miserable de la guerra, en esta mesa donde el pan no alcanza?” porque si solo escuchamos el Evangelio y nos tapamos el otro oído, caemos en un espiritualismo desencarnado, en una fe de laboratorio, que mira al cielo pero no ve al hermano que sufre al lado.
Escuchar al pueblo es:
Es estar donde la vida clama, donde vislumbramos los brotecitos de esperanza, de lo que nuestro pueblo es maestro, es estar donde hay fiesta y celebrar con ellos, quitándonos la ropa de luto para vestirnos con la ropa dominguera, y por otro lado es estar donde hay más dolor, donde hay lucha por la justicia.
Escuchar al pueblo es mirar la realidad no desde el centro, sino desde las periferias. Porque desde la periferia se ve mejor la verdad de un sistema que descarta a los más débiles.
Es entender que no hay verdadera adoración a Dios si hay indiferencia ante el atropello a la dignidad humana.
La fe cristiana se juega en esa tensión de la mística de los dos oídos…
Angelelli supo escuchar y extender la mano. Propio de la sabiduría de quienes tienen bien conectada la cabeza con el corazón y las manos. Cabeza bien puesta, corazón amante, manos disponibles y eficientes. Supo encarnar los ideales de caridad solidaria en gestos concretos, que responden a las urgencias de los necesitados… Supo aterrizar los sueños y hacerlos pan, techo, trabajo. Supo de sinodalidad de la Iglesia, enemiga de un clericalismo que no terminamos de desterrar.
En Angelelli encontramos una de las más justas definiciones de la sinodalidad: “Como fruto de la madurez de nuestro laicado y de la superación de actitudes paternalistas, pedimos a nuestros laicos que piensen, opinen, participen, aprendan, intervengan, se inquieten, se angustien, sean solidarios con todos, fructifiquen”.
Para extender las manos: ESCUCHAR
Pidamos la gracia de escuchar el grito de los que viven en aguas turbulentas. El grito de los pobres: es el grito ahogado de los niños que no pueden venir a la luz, de los pequeñitos que sufren hambre, de chicos acostumbrados al estruendo de las bombas en lugar del alegre alboroto de los juegos. Es el grito de los ancianos descartados y abandonados. Es el grito de quienes se enfrentan a las tormentas de la vida sin una presencia amiga. Es el grito de quienes deben huir, dejando la casa y la tierra sin la certeza de un destino. Es el grito de los discapacitados que han tenido que abandonar sus terapias, es el grito de los jóvenes entrampados en la droga, es el grito de los niños usados para lucrar con su fragilidad en las apuestas online, a los que para rehabilitarlos les reservamos una celda en vez de un aula. Es el grito de tantos Lázaros que lloran, mientras que unos pocos epulones banquetean con lo que en justicia corresponde a todos.
El Papa León nos lo ha recordado sin vueltas: Todos ellos son Cristo, que se presenta en distintas formas: paciente en los enfermos, necesitado en los menesterosos, prisionero en los encarcelados, triste en los que lloran…
Angelelli lo tenía clarito y nos recuerda con su palabra y sus gestos que ante la dignidad humana maltratada no nos está permitido los brazos cruzados de los indiferentes, ni los brazos caídos, de los fatalistas.
Que Dios nos libre de ser cristianos, sacerdotes con oídos tapados, con ojos vendados, con manos atadas, con pies inmovilizados.
Monseñor Angelelli pagó con su vida esa mística de los dos oídos y el hecho de no querer soltar ninguna de las dos manos: ni la de Dios, ni la de su gente.
La homilía de nuestra vida se escribe con los pies, caminando las barriadas, los rincones oscuros de nuestras ciudades, los pasillos de las cárceles, las guardias de los hospitales, y se escribe con las manos: manos que llenan de agua las tinajas, manos que repartan los panes y los peces multiplicados, manos que siembran semillas buenas, manos que echan en su Nombre, una vez más, las redes. “Manos que ayudan, que enjugan lágrimas, que estrechan la mano del pobre y del enfermo para infundir valor, que abrazan al solo para darle ternura y al adversario para inducirlo al acuerdo, manos que escriben una hermosa carta a quien sufre, sobre todo si sufre por nuestra culpa, manos que saben pedir con humildad para uno mismo y para quienes lo necesitan, manos que no tienen miedo a los trabajos más humildes”.
Hoy es un lindo día para cantar nuestro magnificat personal: porque Él miró con bondad nuestra pequeñez (cf. Lc 1,48) y nos ungió y nos envió… Porque nos condujo a verdes praderas, porque nos sacó de las oscuras quebradas, porque nos sentó a su mesa y llenó nuestra copa hasta el borde.
Y desde esa pequeñez asumimos llenos de alegría nuestra vocación, nuestra misión, nuestro ministerio ¡Alegría en nuestra pequeñez!
Desde esa pequeñez nos dejamos decir: No temas… yo estoy contigo
Te unjo para para un ministerio apostólico misericordioso.
Y te envío… Para que con tu ministerio ejerzas el oficio de secar lágrimas en este mundo.
Para que no te calles nada ni por vergüenza ni por miedo
Para que seas nada más que servidor de tu pueblo…
Angelelli: (Ayúdenme) para que nunca deje de ser el proclamador del Evangelio, el santificador de los hombres y el buen pastor de su pueblo. Para que no calle cuando deba hablar, iluminando, consolando, alertando, exhortando o amonestando. Ayúdenme para que ningún cálculo humano y mezquino haga silenciar mi palabra o mi acción….
Oración de mi sacerdocio. Mons Enrique Angelelli:
Siento que mi tierra, dolorida y esperanzada,
reza y canta con su historia, vida y mensaje…
Peregrina conmigo, en mi carne y en mi sangre,
En esta Roma (cada uno piense en su lugar de ordenación) pecadora y fiel,
un día floreció en mí una Unción…
“Sacerdote para siempre” me dijiste entonces, Señor.
Veinticinco años vividos por esos caminos de Dios,
con mañanas de Pascua y tardes de dolor,
con fidelidades de hijo y debilidades de pecador,
con las manos metidas en la tierra del hombre…
de este pueblo tuyo que me entregaste, Señor.
Mi vida fue como el arroyo…
anunciar el aleluya a los pobres y pulirse en el interior;
canto rodado con el pueblo y silencios de “encuentros”
contigo… solo… Señor.
Mi vida fue como el sauzal…
Pegadita junto al Rio para dar sombra nomás.
Mi vida fue como el camino…
pegadita al arenal
para que la transite la gente
pensando: “Hay que seguir
andando nomás”.
Mi vida fue como el cardón..
sacudida por los vientos
y agarrada a Ti, Señor;
vigia en noches de estrellas
para susurrarle a cada hombre:
“Cuando la vida se esconde entre espinas,
siempre florece una flor”.
Mi vida canta hoy dichosa a Ti, Señor…
Es misterio que se hizo camino
ya andado un buen trecho, Señor…
Mesa que acoge y celebra
los racimos ya maduros
que tu Sangre fecundó.
Todo esto soy yo, Señor…
un poco de tierra y un Tabor,
veinticinco años de carne ungida
con un Cayado, un pueblo y una Misión
Por este Sacerdocio tuyo,
que es mío y de tu pueblo,
muchas gracias, Señor.
Pidamos la intercesión de la Virgen, de nuestros santos, para que, al terminar esta Misa Crismal, salgamos a la calle con la mirada limpia y el oído atento. Que cuando alguien nos vea, pueda decir: “Ahí va alguien que escucha a Dios y, por eso mismo, sabe escuchar al prójimo”. Amén.




Deja un comentario